Advertencias

16 de noviembre de 2017

 

 

 

El Fondo Monetario Internacional nos informa del pobre dinamismo económico, que depende del consumo privado y las exportaciones, al señalar que ni este año ni los siguientes pasará de 2%; aunque, de hecho, no es noticia porque ese porcentaje marca la nueva normalidad mexicana de las últimas décadas. Asimismo, reitera su preocupación con el, digamos, inconcluso tema del Estado de derecho, la seguridad y males aledaños. Unos días antes, los analistas que mes tras mes encuesta el Banco de México apuntaron que ha aumentado la incertidumbre política, factor que podría afectar negativamente el crecimiento económico.

A lo anterior hay que agregar la parte correspondiente de la lucha por el poder presidencial mexicano. Siempre en proceso de acotamiento y también siempre enaltecido por unas elites políticas incapaces de gestar un renovado paradigma para la gobernanza del Estado y la gobernabilidad del sistema político. En efecto, el problema de México es político pero no sólo ni principalmente de mandos, como dicen los panistas de cepa, sino de estructuras y carácter, como lo hemos tenido que experimentar todos en estos años de estreno del pluralismo.

El problema es el carácter deficitario de las elites que ya se ha tornado falla geológica en materia de ética pública y de responsabilidad. No sólo algunos se han enriquecido a la luz del día, sino que ha dado lugar a un estamento nefasto de prebendas redundando en un mayor alejamiento del Estado respecto tanto de sus elementales y fundamentales deberes de inclusión y representación, como de los contingentes de la sociedad mexicana. En todo caso, el Estado no aparece hoy como el sujeto de la soberanía.

La ausencia de los fiscales, como si se tratara de un corrido de los dieces o veintes, marca la faz y la fisiología estatales por más que sus mandatarios traten de recuperar las imágenes del pasado. Autoridad puede haber y autoritarismo, apenas contenido, lo hay entre nosotros y en el poder. Imposible hablar de liderazgo.

El activismo más que profesional de los organismos de la sociedad civil no llena los vacíos porque no está en su naturaleza, pero sí que ensombrece el panorama de la deliberación que debería centrarse en los temas y problemas fundamentales y no en la hojarasca de los procedimientos y los comportamientos que, importantes como son, no definen nada.

A la incertidumbre interna hay que sumar el desasosiego externo que encarna el empresario-presidente Trump; con su llegada a la presidencia la vecindad se volvió más ominosa y nosotros no hemos sido capaces de dar cauce y horizonte a sus, por llamar de algún modo, voluptuosidades. Las alianzas son frágiles y sus correspondencias difusas cuando no opacas, como ocurre con los dreamers y, en general, con nuestros migrantes.

Es en medio de esta combinación confusa que los responsables tienen que encontrar el hilo de Ariadna dentro del laberinto en que nos metió la arbitrariedad autoritaria de Trump. Por más que los mega ricos gringos hagan gala de ingenio y sensibilidad, al oponerse a la reducción impositiva propuesta que los beneficiaría desproporcionadamente, impera una impronta libertaria que niega el Estado. Al no poder demolerlo se busca debilitarlo, empezando con satanizar lo fiscal y oponerse a toda reforma recaudatoria y redistributiva.

Éstos son los temas de nuestra endiablada problemática. Antes de que, como advirtiera Carranza, la lucha de clases se apodere de la escena, en un escenario harapiento y deteriorado, donde los actores no encuentran fácilmente su espacio. Y no es cuestión de escenografía ni guión, sino de argumento y retórica.

Mal arranque del acto sucesorio.